Autor: José Luis Reyes Fuentes Decano Facultad de Ciencias de la Educación Universidad Central | Fecha: 25-09-2013
Por estos días, caracterizados por las típicas referencias a la identidad nacional, vale la pena preguntarse si sigue siendo válida la idea de una identidad chilena donde los principales íconos son la china y el huaso.
Pareciera ser que no. La sociedad chilena ya no es rural y tras la serie de cambios sociales y demográficos registrados en las últimas décadas aún no ha sido posible construir una iconografía identificatoria y folklórica propia de la ciudad. Adicionalmente, lo que existe está muy ligado al campo del Chile central, dejando fuera los extremos del país y nuestros connacionales del pacífico.
Tenemos, sin duda, una identidad que largamente excede a la simbología existente. Por otra parte, también hay que considerar la participación de los nuevos migrantes, los que ya no vienen a ser “unos chilenos más”, sino que en el fondo de su corazón esperan devolverse prósperos a sus países de origen. O sea, la gran mayoría continúa sin querer mestizarse. Sin embargo, lo más probable es que la fuerza de los hechos y los hijos que tengan en nuestra patria les haga ser, de algún modo, chilenos.
En definitiva, queda cada vez más patente que hay una identidad chilena por construir, una iconografía por hacer y una forma de vivir la chilenidad en las ciudades festivamente, sin que para ello sea necesario recrear campos en medio del cemento y disfrazar las plazas y parques de parvas de paja, tranqueras o picaderos artificiales.
Si lográramos eso, quizá, las Fiestas Patrias dejarían de ser una fuga despavorida desde las ciudades, como sucede hoy, y podríamos resignificar estas fechas, viviendo plenamente lo que implica la identidad chilena propiamente tal.
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